Sinopsis
Sinopsis

POBRE DIABLA



Divertida historia llena de enredos en la que Andrés Mejía Guzmán (padre) es el rico dueño de Editorial América, la más importante de Lima. Es el típico play-boy: maduro, apuesto, aventurero y exitoso con las mujeres. A sus 42 años no se ha casado, aunque mantiene una relación casi formal con la renombrada periodista Rebeca Montenegro. Mejía Guzmán descubre que debido a un tumor le quedan pocos meses de vida. Conoce casualmente a Fiorella Morelli, una humilde joven que conquista su corazón.

Fiorella es una chica buena, tímida, soñadora, sin oficio, a la que hasta su propia madre, pese a adorarla, considera una ‘pobre diabla’. Mejía Guzmán desposa a esa ‘pobre diabla’ sin comunicarlo a su acaudalada familia. Los únicos testigos son los padres de la novia: Luciano y Chabuca. El matrimonio emprende un viaje de tres meses a Europa, el en que Fiorella vive un sueño hecho realidad. Pero, al volver, Mejía Guzmán fallece antes de poder presentar a Fiorella a sus familiares. Para éstos, la noticia del enlace secreto es un duro golpe a su orgullo y sus intereses, ya que la mitad de la fortuna le pertenece ahora a la joven viuda. Fiorella no sólo debe enfrentarse a la furia de los Mejía Guzmán, sino también al rencor del homónimo Andrés Mejía Guzmán. Este es el atractivo y rebelde hijo bastardo del difunto, fruto de una relación con Caridad López, antigua sirvienta de la rica familia. Andrés (hijo) ha sido nombrado heredero en partes iguales con Fiorella. El joven, parecido a su padre en actitudes y ademanes, ve en esta herencia la oportunidad de vengarse de los Mejía Guzmán por haber humillado y botado a su madre al conocer su embarazo.

La atracción entre Fiorella y Andrés (hijo) es instantánea, pero cuando Andrés descubre que se ha enamorado de la viuda de su padre, la desprecia. Se inicia así una fuerte lucha interna. La ama y al mismo tiempo la detesta por haber sido mujer de su padre, al que tanto odiaba; por considerarla ahora una arribista y por ser culpable del dolor de su madre. La situación se hace más tensa cuando los abogados comunican que los herederos tendrán que vivir un año bajo el mismo techo y compartir la dirección del negocio familiar.

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